El Inta cuenta con módulos de transición en doce estaciones. En Oliveros, desde 2015, la producción sustentable muestra sus resultados.

«La agroecología no es sólo ambiental, tiene una dimensión social y económica, en el marco de un desarrollo territorial y local». La frase de María Elena Aradas, de Inta Oliveros, resume la experiencia que se viene desarrollando en distintos puntos del país para dar forma a propuestas agroecológicas extensivas. Son iniciativas que buscan saldar la disputa que se abrió entre producción y ambiente a partir del uso de agroquímicos en zonas periurbanas, pero también impulsar el agregado de valor en origen y los mercados de cercanía a partir del consumo responsable.

En ese marco, se desarrolló en la Estación Experimental (EEA) Inta Oliveros una jornada sobre «Alternativas extensivas en el periurbano». Se presentó la experiencia de la Chacra Barrow en Buenos Aires y se recorrió el módulo agroecológico que tiene la estación local, y al que destinan 33,5 hectáreas, el 9 por ciento de la superficie total del predio. Allí siembran trigo sin utilizar productos de síntesis química, en un ciclo combinado con ganadería. El cereal luego es transformado en harina en un molino de la localidad para luego comercializarlo en el pueblo y en los alrededores a través de comercios locales y redes de Inta y de Agricultores Federados Argentinos (AFA).

«Arrancamos en 2015 con esta mirada de las producciones en bordes periurbanos, en este caso en una transición agroecológica, y apuntamos a buscar soluciones en esas áreas que hoy quedan excluidas de la producción tradicional por las ordenanzas locales», planteó Alejandro Longo, director de EEA Oliveros. La propuesta tiene, a su vez, «una mirada mucho más amplia porque creemos que las cosas que se hacen en esas áreas periurbanas luego pueden ser trasladables a los sistemas tradicionales», agregó.

Longo apuntó que no están solos en esta experiencia. «Hay compañeros de otros Inta, como los que trabajan en Chacra Barrow, con una experiencia que vienen transitando desde el año 2011 en sistemas agrícolas ganaderos», señaló. Estas experiencias dejan en claro que, con una transición ordenada y con criterios agronómicos «se puede producir en forma agroecológica en sistemas extensivos».

CHACRA BARROW. En ese sentido, Agustín Barbera, de EEA Inta Barrow, explicó que el manejo agroecológico en esa chacra, donde vienen trabajando hace ocho años, logró fundamentalmente «estabilidad», aún en años negativos tanto climáticos como económicos. Por caso, relató que al analizar el resultado de diez cultivos en siete años les permitió comprobar que hubo un aumento del ingreso neto, pero también un crecimiento del 122 por ciento en los márgenes brutos y una reducción del 58 por ciento en los costos directos.

En ese predio realizan cultivos de avena vicia para producir carne, también sorgo más soja, trigo candeal junto a trébol rojo y sorgo. En los primeros años, la producción del módulo agroecológico comparado con el tradicional mostraba rendimientos inferiores, pero luego de tres años cuando se logró una estabilidad del sistema, la primera superó a la segunda. Por caso, en 2015 el cultivo de avena, más vicia, más trébol para producir carne, dio una productividad de 305 kilos por hectárea (kg/ha), contra una avena del sistema tradicional que aportó 227 kg/ha. Al año siguiente, el trigo pan combinado con trébol rojo produjo 2.400 kg/ha de granos en el sistema agroecológico contra los 2.000 kg/ha de trigo candeal en siembra tradicional.

En esa chacra, como en el módulo de Oliveros, se combinan la producción agrícola con la ganadería. «En el módulo hay prácticas de labranza mínima, cultivos de cobertura anuales y perennes, un suelo con raíces vivas y con integración animal, algo clave porque pensamos que el animal tiene que estar por todas esas funciones ecosistémicas», dijo Victoria Benedetto quien hizo guió la recorrida a campo en la estación local. Todo eso, combinado con «adaptación de maquinaria, tratamiento biológico de semillas y enmiendas biológicas y fundamentalmente sin utilizar productos de síntesis química», agregó la especialista de Oliveros.

La sustentabilidad no sólo es ambiental, sino económica, pero desde el punto de vista integral, es decir planteada en términos de desarrollo. «El desarrollo territorial es multidimensional, incluye no solo el crecimiento económico sino lo social y lo ambiental», dijo Aradas y reiteró que «implica salir del sector agropecuario específicamente y relacionarnos con otros, integrarnos para pensar un desarrollo más local».

Esa mirada fue la que entendieron un grupo de productores de Arteaga, quienes forman el denominado grupo «Manos a la tierra», que comenzaron a plantearse una nueva forma de producción a raíz de la propia demanda de la comunidad. Hoy realizan trigo asociado con trébol rojo, que logró rendimientos de 27,5 quintales por hectárea (qq/ha) en una época de mucha sequía, contra los 25 qq/ha de rindes de la producción tradicional, pero con una sustancial reducción de costos: 5 qq/ha contra 20 qq/ha. «Lo que miramos no fue tanto el rinde sino la rentabilidad que viene por la reducción de costos», relató Sebastián Borroni que es parte de la experiencia. También planteó que el eje central de este cambio fue por el conflicto que se desató entre vecinos y productores por el uso de agroquímicos. «Los vecinos, desde mi punto de vista reclaman con justicia que se sienten fumigados, enfermos, y le piden al productor que cambie hacia una producción más saludable o por lo menos que dejen de producir con agroquímicos», dijo el productor. A partir de esa tensión empezaron a analizar alternativas, que no se quedaron en lo estrictamente productivo, sino que saltaron hacia el agregado de valor, transformando ese cereal en harina agroecológica «que genera trabajo en la región a través del molino, y que se consumió en Arteaga por primera vez en la historia, a un precio igual que las harinas comerciales», agregó (ver aparte).

Este eje es el que se planteó con más énfasis en el encuentro en Oliveros.

La viabilidad de realizar alternativas de producción agroecológicas extensivas, o al menos con elementos que aporta la agroecología en las zonas periurbanas, es un hecho. Pero también como ese abordaje contribuye al desarrollo territorial de manera de pensar en la inclusión. «Cuando uno plantea en estas áreas periurbanas donde es tan sensible la cuestión, hay que tener una mirada desde lo social, lo productivo, lo económico y lo ambiental y eso tiene que conjugarse y se tiene que poner en debate, la sociedad tiene que opinar», dijo Longo, quien reconoció que es más sencillo hacerlo en localidades pequeñas que en grandes ciudades. «Se trata de pensar a partir del conocimiento compartido, y de saber que la producción no se resuelve sólo desde la producción», agregó.

Longo también señaló que otra cuestión a destacar es que en el proceso de transición es bueno pensar que los sistemas, si no se adaptan totalmente a lo agroecológico, pueden aportar parte de este enfoque a los sistemas tradicionales, de modo de reducir el uso de agroquímicos. «Nosotros empezamos a ver en la experimental que algunas cosas que sacábamos del módulo agroecológico las empezábamos a usar en nuestra área de producción tradicional, y eso nos permite aportar a la sustentabilidad del sistema, usar menos productos de síntesis química, reducir costos en algunos casos sin afectar los ingresos en forma sensible», dijo.

Benedetto detalló que la observación en el módulo muestra «un suelo con todo un micelio de hongos, que es un indicador visual de la salud. También con lombrices, presencia de insectos biocontroladores o benéficos».

Desde Oliveros trabajan en este proyecto con el aporte científico de la cátedra de Microbiología de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), con quienes evalúan los indicadores biológicos de calidad del suelo. «Con un diagnóstico en 2017 se puede inferir que en una agricultura convencional en comparación con un sistema transicional hay una disminución del carbono de la masa microbiana, es decir, el que está en el cuerpo de los microorganismos que están en el suelo, y una menor actividad enzimática, que son las enzimas que liberan y participan los microorganismos en los ciclos de todas las interacciones biológicas y en los procesos que se dan en el suelo», detalló la especialista. También «rápidamente vemos que en suelos que vienen con menos agresión y menos disturbados y donde ingresa la ganadería, rápidamente esos indicadores van aumentando».

Sin embargo, este concepto multidimensional de la práctica agroecológica también encuentra sus limitaciones. Los especialistas del Inta señalaron entra las principales a la tenencia de la tierra. «En distintos lugares el dueño del campo muchas veces no está, aquí en la zona el 70 por ciento son tierras alquiladas. ¿Quién va a hacer prácticas que promuevan la vida del suelo con contratos de arrendamientos tan limitados?», se preguntó Benedetto.

Pero además, otros límites desde lo cultural son «la resistencia al cambio, contener a todos los actores con diversos intereses, especialmente en situaciones de conflicto», y desde lo económico y político «el escaso desarrollo de logística e infraestructura para estos procesos de producción que son contra hegemónicos, o diferentes a lo convencional, la falta de interacción con el consumo y la falta de legislaciones que favorezcan estos procesos», dijo la especialista y también enumeró frenos por la falta de semillas apropiadas o de evolución de biopreparados o las tareas de cosecha.

Valor agregado y comunidad. La experiencia en Oliveros tiene en el anclaje territorial el objetivo central. Longo explicó que tuvieron algunas experiencias con molinos locales para poder hacer trazabilidad del trigo agroecológico producido en el módulo y convertirlo en harina. «Buscamos que lo que sale de la parcela pueda ser comercializado localmente» dijo y aseguró que intentan que «la gente considere que lo local es sano, válido y bueno».

En ese marco, el Inta propone avanzar con los sistemas participativos de garantías que consiste en generar credibilidad a partir de la participación de todos los actores que intervienen en el proceso. «Es un grupo de personas, desde lo local, dando fe de lo que se está haciendo», detalló Aradas.

Desde lo institucional, desde el Inta plantearon la necesidad de avanzar en legislaciones que permitan pensar estrategias y llevarlas adelante, antes de marcar límites. «Más que prohibir pensamos en ordenanzas que promuevan la agroecología, los sistemas participativos de garantías, y entre otras cosas, generar fondos rotatorios que permitan hacer sostenibles esos procesos, vinculando todo con el compre del Estado», dijo Aradas y dio como ejemplo la posibilidad de instrumentar un «carnet de producción agroecológica», para «llevar los productos no sólo al ámbito local sino a otros niveles», dijo. También planteó que esa es una forma de integrar conceptos como desarrollo local, economía popular muy utilizados cuando se habla de los proyectos de «hambre cero».

«Decidimos enfocar las tensiones que se producen en la zona periurbana, en la producción, en lo que se puede hacer en esos lugares y dejamos de discutir si son 50 metros mas o menos», dijo Longo para darle sentido a la idea de la acción por encima de la prohibición. Y comentó que se realizó un trabajo con comunas y municipios locales y un trabajo en red, que no solo incluye a Santa Fe, donde trabajan alrededor de 12 módulos agroecológicos similares al de Oliveros donde se intercambia información y saberes.

«Estamos conformando una red de periurbanos como para poder potenciar la generación de conocimiento», concluyó.

Fuente y nota completa: La agroecología