Vida cotidiana en la Comunidad Terapéutica.
Historias de grandes aspiraciones

La historia de Eduardo
Llegó a tratamiento como tantos, luego de muchas vueltas y resistencias, inconmovible, sin
conexión con sus emociones, 12 años de cocaína, alcohol, marihuana y demáses…
Su discurso parecía claro y preciso, afirmando drogarse sólo por gusto, venía de una
familia sin problemas y no se cuestionaba más que su consumo. Todo sucedía en su mente
y sus pensamientos mientras todo su cuerpo sufría.
Se abren las puertas del mundo interior.
Cuando se detiene el daño de todo lo que está de más, vuelve a aparecer la verdadera
esencia.
Pasados los primeros tres meses libre de drogas comenzó a darse a conocer vinculandose
con transparencia.
Eduardo no era llamado por su primer nombre, ya que ese era el nombre de su progenitor.
Creció escuchando muy mala prensa sobre su padre de parte de su madre. No tardó en
comenzar a vulnerar su masculinidad vinculandose principalmente con cocaína y
marihuana, intercalando relaciones inestables y poco sinceras.
El proceso le permitió trabajar su identidad, su relación con las mujeres y conocer a su
padre, sin la interpretación de su madre.
El vínculo con las plantas también cobró sentido y comenzó a relacionarse desde otro lado,
pudiendo respetar sus ciclos y conocer su verdadero poder.
El nombre del padre, ya fallecido, reaparece durante su proceso terapéutico, permitiéndole
reveer la novela, alumbrando la escena familiar de aquel niño sin identidad propia, con un
mal concepto de su padre y de las relaciones entre hombres y mujeres, entre tantos
silencios, secretos y frustraciones; se fué de casa buscando encontrar otra realidad, una
realidad qué no cambiaría hasta que no se ordenara desde él; y así llegó a perderse con
dos señoritas (marihuana y cocaína); relaciones que casi le cuestan la vida.
Pudo darse cuenta del vacío eterno de aquel niño que nada pedía, nada expresaba, nada
necesitaba, nada anhelaba.
Ahora ya podía verse tal como es; y así construir otras respuestas frente a lo que le
incomodaba sin lastimarse con drogas ni relaciones.
La vida cotidiana en la Comunidad Terapéutica es la maravillosa herramienta para crear
oportunidades de integración entre el pasado doloroso y el eterno presente.