Dicen que hace mucho tiempo, cuando ya todo estaba creado en Gaia, los hombres y mujeres de los pueblos de los montes y los ríos, vivían en armonía.

Los hombres salían muy temprano a cazar y a pescar, pero antes, pedían permiso al espíritu de los animales y al de la selva para tomar aquello que necesitaban. Y volvían cargados de alimentos.
Las mujeres sembraban en la chacra y le hablaban con cariño a la tierra y a las plantas para que les diera su alimento. Preparaban vestidos, collares, pulseras con semillas e hilos vegetales. Y los niños jugaban desde el amanecer hasta el atardecer. Y en la noche todos se reunían en la casa grande a conversar, a cantar, a contarse historias.

En ese entonces el sol brillaba sonriendo a todos los pueblos de Gaia. Y la lluvia caía cuando tenía que caer, para regar los campos, refrescar las fuentes y llenar los ríos.

Mientras tanto, del otro lado del mar, otros pueblos soñaban y soñaban que la tierra era redonda, y fabricaban barcos para ir detrás de sus sueños. Inventaban objetos para orientarse, y la pólvora para vencer en las guerras.

Los pueblos de los montes y los ríos no presentían nada, ni lo imaginaban. Y seguían viviendo como sus ancestros les habían enseñado, confiando en el sol, la luna, las estrellas y en Pachamama, en la tierra.

Hasta que un día, vino volando de las montañas, un enorme pájaro blanco. Se acercó hacia ellos y les habló:
«El dolor, la muerte y el olvido llegarán pronto, pero ustedes sobrevivirán si toman este yagé». Y les enseño a preparar un brebaje, con plantas sagradas. Y antes de partir les dijo:
«Si ustedes toman estas plantas nunca jamás olvidarán quienes fueron, ni quienes son»

Y el pájaro blanco desapareció.