Durante años, los awajún del Alto Mayo, en la región San Martín, alquilaron grandes extensiones de su territorio a agricultores mestizos que devastaron sus bosques. Hoy viven un proceso de recuperación de su biodiversidad y de sus conocimientos ancestrales. El Bosque de las Nuwas es un hermoso ejemplo de ese cambio.

Margarita anda descalza por un sendero de tierra mojada. Entre tornillos y capironas, rodeada de plantas que se estremecen con el roce de sus dedos. Por encima del rumor de los pájaros y el tritrí de los huayruros que cuelgan de su cintura, se impone su voz. Su antigua voz.

–Esta es la mukura, se la da a los niños para el susto… Esto es para la fiebre y la gripe, la lansitilla… Con este se cura a los perros para que sean cazadores… Y ese es el toé. Para la visión…

Margarita Cumbia Sawao (65) es una munta, una persona sabia en la cosmovisión awajún. Ella es nuestra guía mientras ingresamos al Bosque de las Nuwas, un pequeño mundo de 8.9 hectáreas que atesora un conocimiento sobre plantas medicinales que es ancestral.

Estamos en la Comunidad Nativa Shampuyacu, a hora y media de la ciudad de Moyobamba, en la región San Martín. En el corazón de un territorio de 148 mil hectáreas, habitado por 14 comunidades awajún que, en las últimas dos décadas, han visto desaparecer la cuarta parte de sus bosques amazónicos.

El Bosque de las Nuwas es un mundo mágico pero, sobre todo, un espacio de resistencia.

Resistencia a un proceso que comenzó con la colonización de su territorio, la subcuenca del Alto Mayo, en los años setenta y ochenta, y que se intensificó a partir de los noventa con la explosión del café y del arroz.

–Más antes, para nosotros el mercado era el bosque. Teníamos carne de monte, cogollo de pijuayo, suri, todito. Pescado en cantidad. Ahora ya no hay así.

Dice Margarita, pasando sus ajados dedos sobre las enormes hojas. Este bosque fue uno de los últimos rincones de Shampuyacu que no se convirtió en cafetales. Es el refugio de lo que estuvo a punto de perderse.

TIERRA EN MANOS AJENAS

San Martín es la región que más ha sufrido la devastación de su selva. En su peor momento, en el año 2000, registró 1.9 millones de ha deforestadas, alrededor del 37% de su superficie.

En la subcuenca del Alto Mayo, dos de las comunidades que más perdieron cobertura forestal fueron Shampuyacu (87%) y Alto Mayo (70%). No fueron los nativos quienes tumbaron los árboles para abrir campos de cultivos, fueron los mestizos de los pueblos vecinos. Pero ellos se lo permitieron.

– En las comunidades awajún ocurrió un fenómeno particular, que fue el alquiler de tierras– explica Edward Isla, coordinador de Producción Sostenible de la ONG Conservación Internacional. –Primero para instalar cultivos de papaya y de arroz y, luego, de café.

Ese fenómeno se dio a partir de los años noventa y, según Isla, fue motivado por la llegada de colonos de Amazonas, Piura y Cajamarca, quienes ofrecieron a los nativos dinero en efectivo para comprar ropa, alimentos y bienes que les permitieran insertarse en la vida moderna.

–Había un tema de discriminación, también. Porque por ser nativo y pobre no podías acceder a la vida de los mestizos.

Conservación Internacional llegó a la zona en 2007 para ayudar a proteger el vecino Bosque de Protección de Alto Mayo. Hace seis años, preocupados por lo que sucedía en las comunidades awajún, donde el paisaje era una sucesión cada vez mayor de manchas de arrozales, maizales y cafetales, sus técnicos decidieron trabajar con los dirigentes nativos.

Comenzaron, precisamente, en Shampuyacu y Alto Mayo. Firmaron con sus autoridades acuerdos de conservación, a través de los cuales técnicos y pobladores se comprometían a desarrollar proyectos que ayudaran a conservar las zonas de bosque, a recuperar las que se habían perdido y a generar ingresos para las familias locales.

En Alto Mayo, el primer acuerdo fue recuperar las tierras dadas en alquiler y empezar a trabajarlas sosteniblemente.

CULTIVOS SOSTENIBLES

–¿Ves el paisaje?– me dice Edward Isla, señalando las manchas verdeamarillas de los arrozales. –Se ha fragmentado por los cultivos. Lo que queremos hacer es crear corredores que conecten los bosques que quedan. Para que vuelvan los sajinos, las sachavacas, que antes caminaban por estas tierras.

Estamos en la chacra de Watsun Wajaí (28), un poblador del anexo de Huasta, uno de los 74 comuneros de Alto Mayo que decidieron dejar de alquilar sus tierras para empezar a cultivar café, cacao y plantas nativas.

Wajaí ha sembrado cacao fino de aroma y espera que el próximo año salga su primera cosecha. Isla dice que ya hay interés de una chocolatera francesa por comprarles su producción, pero que antes deben terminar de identificar las variedades que cumplan con las exigencias de calidad requeridas.

Los comuneros que siguen alquilando sus tierras –los contratos duran años y no pueden cancelarse unilateralmente– les han prohibido a los arrendatarios que usen plaguicidas. Cuando los encuentran usándolos, se los quitan, pero a veces hay resistencias. No es fácil.

En Shampuyacu también se acordó reducir el área de tierras alquiladas. Pero, al principio, los esfuerzos de técnicos y nativos se enfocaron en reforestar las riberas de los ríos Naranjillo y Túmbaro, espacios importantes porque son donde tradicionalmente pescan y cazan los awajún. A la fecha se ha logrado reforestar más de 70 ha.

La reforestación, la recuperación de la tierra para desarrollar cultivos sostenibles y libres de plaguicidas… Parecía que los principales problemas causados por el alquiler de parcelas estaban siendo encarados.

Pero quedaba uno fundamental: la pérdida del conocimiento ancestral del bosque.

MEMORIA VIVA

“Nuwa” significa “mujer” en awajún. En las familias de este pueblo originario, las nuwas se ocupan de criar a los hijos, cocinar los alimentos y curar a los miembros de la familia que caen enfermos. Pero, ¿qué ocurre cuando las medicinas que se usan tradicionalmente para curar van desapareciendo de la selva, casi imperceptiblemente?

El Bosque de las Nuwas, creado en 2014, fue la solución que propusieron las mujeres de Shampuyacu para evitar que desaparezca el conocimiento sobre el poder de las plantas.

Con la ayuda de Indecopi y del laboratorio Takiwasi, y el apoyo financiero de Conservación Internacional, han logrado identificar y registrar 110 especies medicinales y aromáticas.

En este espacio de 8.9 ha, poblado de árboles como la capirona, la yarina o la huacrapona, cruzado por amables senderos y límpidos riachuelos, habitado por aves, roedores y mariposas, las nuwas cuidan la memoria cultural de sus ancestros.

Aquí crece el piri-piri, bueno para las picaduras y para evitar los embarazos. La mukura, con la que se baña a los niños que tienen susto. La maya, que ayuda a dilatar a las embarazadas. El pijuayo, que llena de leche el seno de las madres. La kampantu, que Encita Nugkuag (26) usa para curar la fiebre de sus hijos. Y el toé, con el que Margarita Cumbia Sawao tiene visiones que le ayudan a entender la raíz de sus problemas.

Hace tres años, las nuwas, con la ayuda de los técnicos de Takiwasi, comenzaron las investigaciones para elegir qué plantas podían usar para comercializarlas como infusiones.

Recientemente, concluyeron que las mejores eran el clavo huasca y el jengibre. El clavo huasca es aromático, sabroso, y bueno para las dolencias del estómago. Y el jengibre, en el atlas medicinal awajún, sirve para una diversidad de males, desde las hemorragias hasta la gripe.

Combinadas con insumos como el aguaymanto, la cascarilla de cacao y la vainilla, las infusiones, bajo la marca “Nuwa” han sido probadas en algunas cafeterías de Tarapoto y en la pasada feria Expo Amazónica, en Iquitos. Mayra Sihuay, de Takiwasi, dice que ya tienen los registros sanitarios y de marca listos y que las infusiones saldrían al mercado el 2020.

Ese momento será un verdadero hito en este proceso de recuperación del territorio y de la memoria que las mujeres –y los varones– awajún del Alto Mayo iniciaron hace algunos años. Cuando entendieron que era hora de no permitir más la destrucción de sus bosques y que era responsabilidad suya preservar sus medicinas, sus alimentos y su identidad.

Fuente y nota completa: El bosque de las mujeres que ríen